Reflexiones

En medio de la pandemia COVID-19.

Me resulta imposible no hacer un resumen de lo vivido hasta el momento, para tener de dónde partir.

Trato de ubicar en mi memoria el momento exacto en el que las noticias sobre este virus empezaron a fluir y no lo encuentro.

Es decir, igual que todos los seres humanos, mis recuerdos de esto, empiezan a partir del momento en que la situación -por una o por otra razón- me impacta directamente.

Eso es normal. Nuestra memoria se va anclando en las situaciones que nos resultan relevantes, aunque almacenemos en segundo plano el resto de la información.

El punto es que para mí, todo esto comienza en la semana del 9 de marzo, con warnings por parte de mi jefe en la universidad respecto a que era probable que tuviéramos que migrar a clases en línea un par de semanas antes de las vacaciones obligadas. Así que la planeación empezó a todo vapor y justo a tiempo, porque ni siquiera regresamos a salón de clases después del puente del 16 de marzo. Era obvio, dadas las circunstancias y sin embargo, uno aprende con los años que siempre tienes que estar preparado para todo.

Esos flashes de ajuste previos a la semana del 16 me motivaron a empezar paralela la planeación con el team leader de la agencia en la que soy marketing scrum master. El mismo 16 de marzo, mientras él estaba de regreso del puente por carretera, empezamos a hacer ajustes y en la noche revisamos el plan de trabajo.

Ya no salí de casa. El martes 17 mi junta con los teams de la agencia ya fue virtual y ellos fueron apenas un par de horas a la agencia por lo que necesitaban para trabajar vía remota.

Esa primera semana fue muy intensa. No paramos de trabajar un minuto!! E incluso muchos comimos rápido para volver a conectarnos. Pienso que en parte, era la novedad de la situación y la facilidad de la conexión, pero si profundizo, ahora pienso que también nos movió un poco el miedo. El cambio fue brusco, una innovación total y cada uno sabíamos que teníamos que reaccionar de acuerdo a lo que se esperaba de nosotros a nivel profesional. Evidentemente en términos personales, también nos exigimos mucho.

Sin embargo al hacer el review de nuestra primera semana haciendo home office, las recomendaciones que le hice a los teams fueron:

Disciplina. Marcar tiempos específicos para trabajar, para comer y para desconectar.

Nuestro ecosistema había cambiado ya por completo para ese momento y a partir de ello, necesitamos mantener un equilibrio físico y mental. Podernos conectar, no significa tener que hacerlo.

Así llegamos a la semana dos. Viendo nuevas noticias de salud cada día, algunas poco alentadoras y otras optimistas. El trabajo ha cambiado de escenario y sin embargo seguimos en un ritmo muy productivo.

Las lecciones que rescato de mis círculos cercanos son -supongo- muy similares al resto del mundo:

Hemos aprendido a parar cuando es necesario.

Hemos regresado a lo esencial, a lo verdaderamente importante: al amor, a la fraternidad, a la cooperación. Nada de poses, nada de superficialidades.

Hemos hecho conciencia que lo único que en verdad necesitamos es salud. El resto, se consigue paso a paso.

Le estamos dando el verdadero valor a la tecnología. Es una herramienta maravillosa que nos permite continuar de la mejor manera con nuestra cotidianidad. Pero no se compara en absoluto con el poder -y la necesidad- de un abrazo. El contacto humano es parte vital de nuestra supervivencia, aunque temporalmente debamos evitarlo.

Esta cuarentena nos ha permitido establecer prioridades. Para todos son distintas, pero igual las estamos dejando claras.

Este cambio nos ha obligado como humanidad a hacer un switch de pensamiento: quienes no habían querido actualizarse en términos tecnológicos, se han visto obligados a hacerlo, quienes estaban posponiendo dar el salto a abrirle la puerta a la educación en línea, han tenido que hacerlo, quienes habían pospuesto esa charla consigo mismos por falta de tiempo, ya se han puesto al día, quienes pensaban que todo lo digital era lo único valioso, han descubierto que la vida real es offline…

Esta pandemia es una lección enorme para todos. Cada uno tenemos muchas cosas que aprender, otras que reforzar y muchas más que poner en práctica todos los días.

En términos de salud e investigación, desconozco cuándo y cómo vaya a terminar este capítulo y sin embargo no deja de asombrarme que en pleno siglo XXI con todo lo que sabemos, nadie haya descubierto todavía una vacuna…

En términos espirituales, estoy convencida que la lección será tan extensa como sea necesario para la humanidad.

Somos muchos estudiantes en todo el planeta y mientras cada uno no haga sus propias reflexiones y descubra sus áreas de oportunidad para cambiar y mejorar, será necesario que sigamos encerrados en este salón de clases: COVID-19.

Educación, responsabilidad y sentido común.

Claves de la supervivencia.

Estamos viviendo momentos importantes como género humano. Nos estamos enfrentando al desgaste que le hemos provocado a la flora y a la fauna por cientos de años, al desgaste emocional por ritmos de trabajo muy similares a la época de la esclavitud, pero ahora en lugar de grilletes nos agota la hiperconectividad y recientemente se ha sumado el COVID-19.

He visto interactuar a tres generaciones diferentes con este tema del COVID-19 y todas coinciden en estos puntos: educación, responsabilidad y sentido común.

Nada de pánico, nada de locuras por temores infundados, nada de exageraciones. Estos pilares son los que verdaderamente nos pueden ayudar a pasar mejor esta prueba autoimpuesta como género humano.

Lavarse las manos constantemente es una regla básica de higiene antes de comer y antes y después de ir al baño. Por precaución, porque nunca sabes lo que has tocado y te puedes enfermar. ¡Eso lo aprendes desde pequeño! Así que sumar unos minutos más de lavado de manos no debería ser un problema. Claro, a menos que no sea una práctica regular que lleves a cabo.

Cubrirte la boca al estornudar o toser es otra regla básica de educación. Hacerlo en la parte interior del brazo es una cuestión de responsabilidad y eso también se aprende.

Si estás enfermo de gripa (olvidemos por un momento el COVID-19) lo responsable es no ir al trabajo o a la escuela. De hecho también es un tema de sentido común, porque puede derivar en algo peor o puedes contagiar a tus compañeros. Pocas personas tienen esa conciencia y ese nivel de responsabilidad. Piensan en ellos, en que si no van, los van a regañar, les van a descontar, a poner falta, etc. pero si contagian a los demás, eventualmente se va a perder mucho más. Ya no hay tiempo de eso, si te sientes mal te aíslas 14 días y punto.

Las compras de pánico -me parece- que reflejan una total ausencia de sentido común. Comprar un poco más de lo habitual está bien, es precaución, pero dejar vacíos los estantes sin pensar en tu comunidad es irresponsable. Todos tenemos derecho a la prevención de la seguridad de nuestras familias. ¿Qué te hace mejor que el resto de las personas para acaparar productos? ¿Qué te da derecho a pensar solamente en ti? Este planeta nos pertenece a todos, recuerda eso.

Pienso que si actuamos con responsabilidad y sentido común, será mucho más fácil pasar esta prueba. Si no tienes que salir a la calle, quédate en casa, menos gente conviviendo es mejor por el momento.

¿Lo positivo que rescato de la situación? Mayor conciencia de la fragilidad de la salud y de la importancia de la educación, familias más unidas conviviendo -quieran o no- por más tiempo porque están juntos en casa, menos gastos inútiles porque no van a salir a distraerse para dejar pensar y un repunte en el sentido común.

Hemos salido de muchas situaciones y esta no será la excepción. Solamente hay que elevar los estándares de higiene, ser responsables y no entrar en pánico.

Pronto estaremos hablando de esto en pasado, como una referencia de algo que vivimos. Mientras tanto, seamos responsables por nuestras familias y por toda la humanidad. La vida es igual de valiosa para todos.