Vivir cada día, como una nueva aventura.

La semana pasada tuvimos el kickoff de nuestro podcast y lejos de «sufrir» el proceso, la verdad es que lo hemos disfrutado mucho. Ha sido un agradable recordatorio de que vale la pena vivir cada día como una nueva aventura, ¡porque lo es!

Enfrentarnos a nuevos retos con una actitud positiva y de apertura, ayuda mucho a sobrellevar la situación, porque es el proceso y no el resultado, lo que nos ayuda a descubrirnos a nosotros mismos.

Una de las preguntas que aprendí a hacerme antes de empezar algo nuevo es esta: «¿Qué es lo peor que puede pasar?»

Y con esa consideración hecha, cualquier otro resultado era bueno, de hecho, era mucho mejor que el peor escenario, ¿estamos de acuerdo?

Funcionó para mí. Durante mucho tiempo este ejercicio funcionó para correr riesgos y saltar a lo que consideraba «el vacío,» sabiendo cuál podía ser el golpe que podría darme.

Sin embargo, hoy por hoy, la pregunta que me hago antes de empezar un proyecto como este podcast, es: «¿Qué es lo mejor que podría pasar?»

La sensación cambia. La acción se realiza con esperanza y con emoción. Deja de ser un salto al vacío y se convierte en una aventura, en un viaje -literalmente- de descubrimiento personal y profesional.

Así que sea lo que sea que quieras hacer: empezar un nuevo negocio, dejar tu trabajo en el mundo corporativo y dedicarte a dar clases de tu especialidad, retomar tus estudios o reinventarte, ¡HAZLO!

Pregúntate lo que prefieras, imagina lo que te espera y da el paso que sigue. Roma no se hizo en un día. Así que un paso a la vez. Un día a la vez. Una tarea a la vez.

Tu debilidad, es tu fortaleza.

Creo que culturalmente estamos acostumbrados a ver nuestras debilidades como algo «negativo.» Hemos escuchado muchas veces, de diversas personas a lo largo de nuestras vidas que no somos buenos para tal o cual cosa y nos hemos quedado con esa información, como si fuera nuestro eje transversal.

Sin embargo, conforme ha ido pasando el tiempo y con la fortuna de alinear equipos de trabajo, dar cursos y clases, he ido confirmando que eso es una equivocación.

Mis «debilidades» son mi fortaleza.

Todo eso que «no soy,» me ha abierto un abanico de posibilidades increíbles para intentar hacer algo nuevo y me ha permitido descubrirme bajo una nueva luz, para mejorar algo que ya sé hacer o simplemente, para mirar con satisfacción lo que hago mejor y dedicarle más tiempo.

Los «no» a veces sirven para que veamos en dónde están los «sí,» funcionan como un faro guía.

Somos seres orgánicos, cambiamos física, mental y emocionalmente todo el tiempo y lo que hoy «no somos» quién sabe, tal vez con el tiempo -si nos interesa- podamos serlo. ¡Uno nunca sabe realmente de lo que ES capaz hasta que lo intenta!

En mi experiencia, he visto florecer individuos que en su momento dijeron: «Yo no sirvo para hacer estrategias»o «Soy un pésimo vendedor» y hoy están cosechando éxitos en esas áreas, que en otro tiempo y espacio consideraron imposibles. Sus «debilidades» les han permitido reinventarse, redescubrirse bajo una nueva luz y se han dado cuenta que simplemente eran fortalezas en proceso de crecimiento.

Así que en pleno cierre de un 2020 muy interesante, me pregunto…

¿Cuáles son esas «debilidades» que enfrentaste estupendamente este año y que hoy son tus fortalezas?

Es momento de reconocerte a ti mismo, lo has hecho muy bien y lo seguirás haciendo mejor. Confía en ti.

Reflexiones

En medio de la pandemia COVID-19.

Me resulta imposible no hacer un resumen de lo vivido hasta el momento, para tener de dónde partir.

Trato de ubicar en mi memoria el momento exacto en el que las noticias sobre este virus empezaron a fluir y no lo encuentro.

Es decir, igual que todos los seres humanos, mis recuerdos de esto, empiezan a partir del momento en que la situación -por una o por otra razón- me impacta directamente.

Eso es normal. Nuestra memoria se va anclando en las situaciones que nos resultan relevantes, aunque almacenemos en segundo plano el resto de la información.

El punto es que para mí, todo esto comienza en la semana del 9 de marzo, con warnings por parte de mi jefe en la universidad respecto a que era probable que tuviéramos que migrar a clases en línea un par de semanas antes de las vacaciones obligadas. Así que la planeación empezó a todo vapor y justo a tiempo, porque ni siquiera regresamos a salón de clases después del puente del 16 de marzo. Era obvio, dadas las circunstancias y sin embargo, uno aprende con los años que siempre tienes que estar preparado para todo.

Esos flashes de ajuste previos a la semana del 16 me motivaron a empezar paralela la planeación con el team leader de la agencia en la que soy marketing scrum master. El mismo 16 de marzo, mientras él estaba de regreso del puente por carretera, empezamos a hacer ajustes y en la noche revisamos el plan de trabajo.

Ya no salí de casa. El martes 17 mi junta con los teams de la agencia ya fue virtual y ellos fueron apenas un par de horas a la agencia por lo que necesitaban para trabajar vía remota.

Esa primera semana fue muy intensa. No paramos de trabajar un minuto!! E incluso muchos comimos rápido para volver a conectarnos. Pienso que en parte, era la novedad de la situación y la facilidad de la conexión, pero si profundizo, ahora pienso que también nos movió un poco el miedo. El cambio fue brusco, una innovación total y cada uno sabíamos que teníamos que reaccionar de acuerdo a lo que se esperaba de nosotros a nivel profesional. Evidentemente en términos personales, también nos exigimos mucho.

Sin embargo al hacer el review de nuestra primera semana haciendo home office, las recomendaciones que le hice a los teams fueron:

Disciplina. Marcar tiempos específicos para trabajar, para comer y para desconectar.

Nuestro ecosistema había cambiado ya por completo para ese momento y a partir de ello, necesitamos mantener un equilibrio físico y mental. Podernos conectar, no significa tener que hacerlo.

Así llegamos a la semana dos. Viendo nuevas noticias de salud cada día, algunas poco alentadoras y otras optimistas. El trabajo ha cambiado de escenario y sin embargo seguimos en un ritmo muy productivo.

Las lecciones que rescato de mis círculos cercanos son -supongo- muy similares al resto del mundo:

Hemos aprendido a parar cuando es necesario.

Hemos regresado a lo esencial, a lo verdaderamente importante: al amor, a la fraternidad, a la cooperación. Nada de poses, nada de superficialidades.

Hemos hecho conciencia que lo único que en verdad necesitamos es salud. El resto, se consigue paso a paso.

Le estamos dando el verdadero valor a la tecnología. Es una herramienta maravillosa que nos permite continuar de la mejor manera con nuestra cotidianidad. Pero no se compara en absoluto con el poder -y la necesidad- de un abrazo. El contacto humano es parte vital de nuestra supervivencia, aunque temporalmente debamos evitarlo.

Esta cuarentena nos ha permitido establecer prioridades. Para todos son distintas, pero igual las estamos dejando claras.

Este cambio nos ha obligado como humanidad a hacer un switch de pensamiento: quienes no habían querido actualizarse en términos tecnológicos, se han visto obligados a hacerlo, quienes estaban posponiendo dar el salto a abrirle la puerta a la educación en línea, han tenido que hacerlo, quienes habían pospuesto esa charla consigo mismos por falta de tiempo, ya se han puesto al día, quienes pensaban que todo lo digital era lo único valioso, han descubierto que la vida real es offline…

Esta pandemia es una lección enorme para todos. Cada uno tenemos muchas cosas que aprender, otras que reforzar y muchas más que poner en práctica todos los días.

En términos de salud e investigación, desconozco cuándo y cómo vaya a terminar este capítulo y sin embargo no deja de asombrarme que en pleno siglo XXI con todo lo que sabemos, nadie haya descubierto todavía una vacuna…

En términos espirituales, estoy convencida que la lección será tan extensa como sea necesario para la humanidad.

Somos muchos estudiantes en todo el planeta y mientras cada uno no haga sus propias reflexiones y descubra sus áreas de oportunidad para cambiar y mejorar, será necesario que sigamos encerrados en este salón de clases: COVID-19.

La importancia

De la actualización.

Cuando llevamos mucho tiempo desempeñando el mismo trabajo, se nos olvida que todo es mejorable, que siempre hay alguien que encuentra nuevas estrategias o caminos menos transitados para obtener los resultados que se buscan.

Esta nueva visión, puede llevar a los equipos de trabajo -y por ende a las empresas- a superar sus expectativas de productividad y desarrollo. Evolucionar desde dentro y fortalecerse mucho más de lo que imaginan.

Por eso es tan importante que le demos una oportunidad a la actualización personal y profesional, porque esto redundará en los sistemas de trabajo. Cuando escuchamos a los individuos con visiones distintas a las institucionales y evaluamos la posibilidad de adoptar y adaptar algunas de esas ideas, estamos cambiando.

Para muchos, el cambio asusta. Representa un retraso en el sistema, una pérdida de tiempo al tratar de «arreglar» algo que hasta ahora ha funcionado bien.

Para otros, es una oportunidad de encontrar nuevos caminos, de generar más en menos tiempo, de aprovechar más los recursos humanos y materiales y que todos los involucrados se sientan mejor -y se redescubran- en el proceso.

Para mí, la actualización es un juego de Ganar-Ganar todo el tiempo.

Refresca mi visión de las cosas, me abre nuevas posibilidades de acción, me acerca a personas que me ayudan a crecer personal y profesionalmente y sobre todo: Me reta a mí misma.

Exige que me sacuda las ideas ancladas con las que he trabajado durante cierto cierto tiempo y me mantiene en forma mentalmente.

La única constante en la vida es el cambio y hay dos caminos claros frente a nosotros:

Actualizarnos o quedarnos varados en el camino.

Y tú, ¿cómo ves tu futuro a corto y mediano plazo?

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