Así que en términos generales, es la cantidad de trabajo generado. Hasta aquí, creo que estamos de acuerdo, ¿cierto?
Sin embargo, para mí, es mucho más importante la calidad que la cantidad. Prefiero que mis teams, mis colaboradores, estudiantes y los clientes con los que trabajo ejecuten MEJOR lo que se les pide y no que simplemente hagan «más» sin considerar el nivel de ejecución.
Me interesa que el trabajo esté bien hecho, que los conceptos sean comprendidos y aplicados, que sepan con absoluta claridad lo que están haciendo y sobre todo: Que se haga una sola vez y se haga bien. Eso para mí, es productividad.
Pienso que un equipo productivo es el que tiene claros los objetivos del día, los ejecuta con precisión y al terminar su horario de trabajo, lo hace con la satisfacción de haber avanzado rumbo al objetivo general del proyecto, de la campaña, del semestre o de lo que sea que esté trabajando.
Para mí, un equipo productivo es el que hace bien las cosas desde la primera vez porque tiene claras las instrucciones, los objetivos y quien va liderando, tiene claro lo que está solicitando y eso evita sumar horas y horas de retrabajo porque nadie sabe en realidad qué es lo que están haciendo.
Así que cuando pienso en productividad, pienso que menos es más:
**Menos errores
**Menos cansancio
**Menos frustración
**Cero horas extra
Y la verdad, en mi experiencia, los equipos productivos están menos cansados (física, mental y emocionalmente), disfrutan más su trabajo y terminan sus labores con la tranquilidad de que al día siguiente, tendrán tiempo suficiente para ejecutar las actividades que el horario laboral les exija.
Así que vale la pena hacer hoy un stop y preguntarte si tú y tu equipo están siendo productivos y qué es lo que eso significa para ti y para ellos.
Se trate de lo que se trate, tal como lo dice la frase: «La práctica hace al maestro»
Ya sea que sea un tema académico, la búsqueda de un nuevo tipo de alimentación para bajar de peso, una nueva rutina de ejercicios, aprender un nuevo idioma, preparar un nuevo platillo… lo que sea, se necesita práctica.
No hay forma de que con la simple lectura de lo que se pretende hacer, se llegue a realizar con soltura el ejercicio o se aplique con facilidad el concepto.
Puede estar muy bien explicado, maravillosamente ejemplificado e incluso bien ilustrado, pero eso no basta. Para aprender hay que ejecutar la acción, hay que seguir las instrucciones o las indicaciones necesarias, PERO HAY QUE HACERLO.
La teoría nos da las bases y explica amplia y profundamente el por qué de las cosas, nos da razones y la fundamentación de ello, pero solamente la ejecución es la que nos va a permitir comprender y aprender por completo el tema del que se trate.
La práctica es la que nos permite equivocarnos, revisar en dónde estuvo el error, volver a intentarlo tantas veces como sea necesario y así, ser mejores día con día.
Plantear un objetivo puede ser agradable o muy frustrante.
Todo depende de lo que te estés planteando lograr y el nivel de “control” que tengas sobre los elementos necesarios para lograrlo, entre ellos, la disciplina.
Por ejemplo:
Si tu objetivo es ser multimillonario para finales del 2020, estamos hablando de un sueño, no de un objetivo, porque los objetivos son precisos, alcanzables y medibles.
Así que comencemos analizando el planteamiento: ser multimillonario es un concepto subjetivo. Puede ser que hables de un millón o más y tienes que ser muy específico: ¿millonario en pesos, dólares o euros?
Teniendo eso claro, necesitas ser preciso: ¿Cuántos millones pretendes tener en las siguientes 24 semanas? Porque eso es lo que resta al 2020.
Supongamos que quieres tener 80 millones de dólares
Eso significa que cada semana tendrías que ganar más o menos 3.5 millones de dólares. Es decir, que el próximo viernes ya debes tener esa cantidad en tu cuenta para que no se eleve lo que debes generar cada semana.
¿Te das cuenta que estamos hablando de un ideal?
Sin embargo, si retomamos el ejemplo de que quieres tener cierta cantidad para fin de año, el objetivo pueden ser 72 mil pesos.
Eso significa que cada semana necesitas generar 3 mil pesos de aquí a que termine el año. Quizá sea elevada la meta, pero es alcanzable e incluso si en una semana no logras la meta completa, el acumulado para la siguiente semana sigue siendo viable.
Ahora bien, ¿qué te parece si ese objetivo para fin de año, lo dividimos en 24 pequeños objetivos?
Empecemos por generar los primeros 3 mil pesos y cuando los tengas y hayas alcanzado el primer objetivo, te sentirás mucho más confiado para generar los siguientes 3 mil pesos y así consecutivamente.
Cuando nos ponemos metas a muy largo plazo y muy elevadas, el camino es mucho más pesado y es aquí donde normalmente todo mundo abandona lo que desea lograr. Es lógico, se ve inmenso, falta mucho tiempo y tiene tintes de imposible o de muy difícil.
El secreto está en partir en pequeñas metas, la meta final y a medida que vas avanzando, ese pequeño logro es el que te va a motivar para continuar. Recuerda que todos necesitamos hacer tangibles nuestros logros para darnos cuenta que sí podemos. No se trata de que lo sepamos, ¡se trata de que lo veamos!
Algo importante que me comentó Gerardo Magallanes -y que aprecio y agradezco – cuando leyó el post:
Es cierto, hay factores internos y externos que pueden retrasar el logro de tus objetivos en tiempo y forma, aunque haya disciplina para lograrlos. Coincido totalmente.
Sin embargo, el objetivo de estas líneas es darte una perspectiva distinta para la forma en la que plantees tus metas. Que sean pasos pequeños para que cada logro te motive a seguir y que si en el proceso pasa «algo» que te retrase un poco, sea solamente eso, un retraso y no una frustración porque no has visto avance en nada.
Esta forma de planear de menos a más funciona. Ponlo en práctica y verás que aplica para todo:
Ahorros, dejar de comer pan, tomar más agua, hacer ejercicio, ordenar la covacha…
Recuerda: Un paso a la vez. Un día a la vez. Una tarea a la vez.
Esta es una pregunta muy frecuente que escuchamos de propios y extraños.
«Ojalá el día tuviera más horas» es una expresión constante también y eso puede significar varias cosas:
Que estás integrando a tus actividades más cosas de las que puedes resolver, que la distribución de tu tiempo no está siendo eficaz o que tienes demasiadas distracciones y está afectando tu productividad.
Ya sé, no es nada que no sepas o que no te hayan dicho antes, sin embargo la pregunta importante es la siguiente:
¿Estás consciente de cómo distribuyes tu tiempo?
Observa que no dije «manejo del tiempo» porque eso no es real.
Nadie puede «manejar el tiempo». Lo que sí podemos hacer es distribuirlo, hacer un autoanálisis de la forma en la que asignamos periodos determinados para ciertas actividades y los resultados que obtenemos.
Lo primero es darte cuenta que ese inmenso espacio que tienes en tu agenda ya está segmentado:
Asigna tus horas de sueño, las de desayuno y comida y tu hora de salida del trabajo. No importa que trabajes vía remota en este momento -ya sea porque el COVID-19 modificó la estructura laboral o porque decidiste hacerlo así- de cualquier forma, en alguna hora del día necesitas parar y dejar de trabajar.
¿Ves lo que te queda disponible? Bueno, pues esas son las horas que tienes para hacer tu trabajo.
No te preocupes, son las mismas horas que tendrás mañana y pasado mañana. Lo que significa que el trabajo que estás desarrollando es continuo y que vas a hacerlo todos los días.
Ahora, establece la prioridad del día: ¿Hacer reportes? ¿Llamadas de seguimiento? ¿Desarrollo de propuestas? ¿Contabilidad?
Cuando lo tengas claro, asigna las primeras tres o cuatro horas del día por lo menos. Necesitas concentración en esa prioridad para poder tenerla resuelta antes de la hora de la comida o por lo menos, lo más avanzada posible.
¡No me digas que es imposible porque tienes muchas otras cosas qué resolver! ¿No se supone que esta es la prioridad? Pues entonces regresa al paso anterior y elige la prioridad. No puedes hacer BIEN muchas cosas al mismo tiempo. Nadie puede. Esa es la razón de que repitas varias veces el mismo correo porque olvidaste el attachment o que hagas mal algo, porque no pusiste atención a las indicaciones en la junta, ya que estabas respondiendo un mensaje…
Es una cuestión de foco. Concéntrate en resolver una cosa y la vas a hacer bien.
Intenta poner tu atención en muchas cosas al mismo tiempo y algo se te va a escapar.
Si empezaste a trabajar en la prioridad que determinaste a las 9:00 y asignaste tres horas, te quedan libres dos horas antes de la hora de comer. Esas dos horas pueden ser para tu siguiente pendiente importante.
Respeta tu hora de comida y come con calma, tu cuerpo -y tu pareja / familia- te lo agradecerá. No te preocupes, que el trabajo sigue ahí, esperándote.
Suponiendo que te reintegres al trabajo a las 15:00 te quedan otras dos horas de trabajo. Elige una actividad que te demande esas dos horas para que puedas terminarla o bien, dos actividades que puedas avanzar en una hora cada una, de forma que te sientas más tranquilo porque estás adelantando un poco.
Así llegamos a las 17:00 que seguramente es tu hora «de salida». Así que apaga la computadora y vete solo o con los tuyos a la sala, al jardín, a la terraza o a donde quieras. Descansa, lee, ve una película y aprovecha para recuperarte, que el día siguiente viene con otras ocho horas de retos y trabajo para resolver.
Tal vez te parezca que esta secuencia es irreal y que con tu ritmo, es imposible llevarla a cabo… Lo entiendo, así que te propongo algo, ¿por qué no haces una bitácora por unos días y anotas tu ritmo de trabajo?
¿Cuántas veces interrumpes los reportes importantes para contestar correos que pueden esperar?
¿Cuántas veces contestas mensajes que no son relevantes?
No hablo de que no hagas «nada más que trabajar sin descanso», hablo de concentración, que es lo que te permite ser productivo.
Anota tu ritmo, las interrupciones que se pueden omitir y observa tu tiempo de calidad en la productividad. Cuando lo veas desde otra perspectiva, llegarás a tus propias conclusiones y harás los ajustes que te sean posibles paso a paso.
Todos organizamos diferente nuestras actividades, lo importante es que tengas claras tus horas de sueño, de comer y de dejar de trabajar. Ocho horas al día para el trabajo es más que suficiente, te lo aseguro.
Así, la próxima vez que alguien te pregunta en qué se te va el día, sabrás exactamente qué responder, porque eres tú quien organiza las actividades qué haces.
En un mundo frenético, donde «todo urge» y «todo es prioridad» es muy fácil que te pasen dos cosas:
Que invariablemente sientas que no cumples con todo lo que tienes que hacer.
Que te sientas profundamente cansado de correr y no llegar a la meta.
Así que lo mejor que puedes hacer por ti y por todos lo que te rodean (colaboradores, pareja, amigos y familia) es que empieces estableciendo tu prioridad del día y después, te dediques a hacer que eso suceda.
Leíste bien: prioridad, en singular.
Social y laboralmente estamos tan mal acostumbrados a tener «muchas prioridades» que por lo tanto, no ejecutamos ninguna cabalmente.
Es lógico, no puedes hacer muchas cosas a la vez (el multitasking es un mito del que hablaremos en otro momento) y eso significa que al cerrar el día no hayas hecho nada de todo lo que esperabas y que te sientas abrumado, cansado y frustrado.
La prioridad que estableces permea todo lo que haces y bajo ese panorama, las decisiones que tomes son correctas.
Imaginemos que estás exhausto de trabajar incansablemente sin detenerte, que llevas meses sin parar por varias razones, pero esta mañana has despertado mal, con dolor de cabeza y «sintiéndote enfermo» aunque no te duele algo en particular. (Eso, se llama agotamiento y provoca muchos problemas si no le pones atención)
Así que esta mañana decides que la prioridad eres tú y con base en ello tomas todas las decisiones pertinentes, empezando por avisarle a tu jefe, a tu equipo y a los clientes de la agenda que no estás bien y que vas a reagendar todo para los días siguientes. Desayunas con calma, te bañas con calma y vuelves a la cama un rato. Si te apetece, te duermes un rato y si no, lees un poco o simplemente te acuestas a des-can-sar.
Nada de reuniones, nada de celular, ni correos… Nada de trabajo. Hoy has decidido darte lo que te has negado por tanto tiempo: descanso. La oportunidad de recuperarte para poder hacerlo mucho mejor mañana.
No te sorprendas, eso es exactamente lo que le dirías a tu mejor amig@ que haga y lo que le pedirías a tu pareja, porque se ve que está agotad@ y si no se detiene, se puede enfermar. Así que no estamos hablando de flojera, estamos hablando de priorizar y de ser consciente.
En este escenario, es muy probable que después de un día de descanso, te sientas mucho mejor para desarrollar todos los pendientes que tienes y seas más productivo.
¿Se acabó el mundo? No
¿Los clientes, tu jefe y tu equipo entraron en caos total sin ti? No
¿Se lograron resolver varias cosas sin ti? Sí
¿Se pueden reagendar las reuniones de hoy? Sí
No pasa nada que no se pueda arreglar si descansas un poco. En cambio, si no te detienes y colapsas, todo lo que tienes entre manos sí se va a ver afectado por una razón muy sencilla: vas a tener que detenerte más de 24 horas.
En cuanto a establecer tu prioridad del día a nivel profesional, pasa lo mismo. Pregúntate qué es lo más importante para hoy:
¿Prospectar clientes? ¿Hacer reportes? ¿Ocuparte de la contabilidad? ¿Revisar resultados del equipo? ¿Preparar propuestas?
Tener clara la prioridad del día te permitirá dedicarle más tiempo a esa actividad específica y dejar para después el resto.
Recuerda esto: Roma no se hizo en un día 😉
Una prioridad al día. Un paso a la vez. Un día a la vez.
Cuando llevamos mucho tiempo desempeñando el mismo trabajo, se nos olvida que todo es mejorable, que siempre hay alguien que encuentra nuevas estrategias o caminos menos transitados para obtener los resultados que se buscan.
Esta nueva visión, puede llevar a los equipos de trabajo -y por ende a las empresas- a superar sus expectativas de productividad y desarrollo. Evolucionar desde dentro y fortalecerse mucho más de lo que imaginan.
Por eso es tan importante que le demos una oportunidad a la actualización personal y profesional, porque esto redundará en los sistemas de trabajo. Cuando escuchamos a los individuos con visiones distintas a las institucionales y evaluamos la posibilidad de adoptar y adaptar algunas de esas ideas, estamos cambiando.
Para muchos, el cambio asusta. Representa un retraso en el sistema, una pérdida de tiempo al tratar de «arreglar» algo que hasta ahora ha funcionado bien.
Para otros, es una oportunidad de encontrar nuevos caminos, de generar más en menos tiempo, de aprovechar más los recursos humanos y materiales y que todos los involucrados se sientan mejor -y se redescubran- en el proceso.
Para mí, la actualización es un juego de Ganar-Ganar todo el tiempo.
Refresca mi visión de las cosas, me abre nuevas posibilidades de acción, me acerca a personas que me ayudan a crecer personal y profesionalmente y sobre todo: Me reta a mí misma.
Exige que me sacuda las ideas ancladas con las que he trabajado durante cierto cierto tiempo y me mantiene en forma mentalmente.
La única constante en la vida es el cambio y hay dos caminos claros frente a nosotros:
Actualizarnos o quedarnos varados en el camino.
Y tú, ¿cómo ves tu futuro a corto y mediano plazo?
Lo primero es que nos pongamos de acuerdo en estos conceptos:
Cuando hablo de desarrollo profesional, me refiero a todo lo que sea útil para el crecimiento de un individuo en su profesión. Esto puede ser aprender un nuevo idioma, certificarse en algo, aprender algo de un área con la que colabora normalmente, a utilizar una nueva herramienta digital o incluso a manejar un nuevo tipo de transporte o de maquinaria. Todo depende a lo que cada uno nos dediquemos.
Y cuando hablo de responsabilidad, me gustaría que sea desde esta perspectiva positiva: «Capacidad de responder» porque lamentablemente, esta palabra es para muchas personas un peso enorme en su vida.
Puestos los conceptos sobre la mesa, pasemos a la acción.
Creo firmemente que el desarrollo profesional es responsabilidad de cada uno.
Si formas parte de una empresa y se ocupan por brindarte cursos o talleres para capacitarte o para actualizarte, es algo estupendo. Pero si eso no sucede, de ti depende seguir estudiando, aprendiendo y desarrollándote. Porque -en caso de que no te hayas dado cuenta- TÚ eres tu activo más importante.
Ahora bien, si eres emprendedor o freelance, con mayor razón eres responsable de tu desarrollo profesional, porque el barco que diriges es tuyo.
No, no estoy hablando de que inviertas miles de pesos en cursos extra, maestrías o certificaciones. Si tienes las ganas de hacerlo y el capital para ello, genial. Si no es así, no pasa nada, siempre hay alternativas.
Y tampoco se trata de que sacrifiques tus horas de descanso estudiando como un loco. La vida es equilibrio. Recuérdalo.
Se trata de que estés consciente que nadie se puede actualizar por ti, que nadie puede saber lo que te hace falta aprender, porque el que está en la cancha eres tú.
Lo que para mí es vital en términos de formación profesional, posiblemente para ti sea algo irrelevante. Está bien. Somos individuos y aunque pudiéramos compartir profesión, nuestras áreas de desarrollo son distintas y por lo tanto nuestras necesidades también.
Busca alternativas en línea, compra libros, pide asesorías, ve a talleres… Haz lo que tengas que hacer, pero no te detengas. Eres el responsable de tu vida, de tu carrera, ¿por qué no dedicarle unos minutos a algo que te puede reportar ventajas o ganancias a mediano plazo?
Ya sea que se trate de mejorar lo que sabes o de empezar desde ceros, siempre hay alternativas para ello.
No esperes a que «alguien» más haga algo por ti. Piénsalo, ¿quién sería ese alguien? ¿por qué tendría que hacerlo? ¿a quién podría interesarle más que a ti que evoluciones?
Todo se puede compartir: los éxitos, los fracasos, las noches en vela, los festejos, las preocupaciones… Y sin embargo, el único que puede decidir qué hacer con su desarrollo profesional eres tú. Quien tiene esa responsabilidad eres tú y créeme, vale la pena asumirla.